¿Quién necesita realmente Google Glass?

En mayo de 2013, Sergey Brin, co-fundador de Google, presentaba ante el público de una conferencia TED el proyecto Glass, un visor integrado en unas gafas que permite visualizar e interactuar con la información que se proyecta en una diminuta pantalla justo por encima de la altura de los ojos. Brin afirma entonces que los smartphones “crean un aislamiento social” puesto que llevan al usuario a bajar la cabeza y mirar la pantalla de su teléfono sin prestar atención a lo que ocurre a su alrededor. Esta circunstancia inspira el desarrollo de Glass como un dispositivo que “libera las manos, los ojos y los oídos” al colocar la pantalla del smartphone frente al ojo derecho y permitir al usuario interactuar con el aparato por medio de la voz o unos ligeros toques en la montura de las gafas. El proyecto llevaba desarrollándose dos años en el momento de la presentación, pasando de ser un pesado y voluminoso ordenador a la relativamente discreta montura que lleva el propio Brin en la presentación. En la última fase de su desarrollo, se incorpora una cámara en la parte frontal con la finalidad de poder captar fotografías y vídeo y compartirlas con amigos y familiares. Según afirma Brin, esta cámara permite compartir momentos únicos en los que uno no pensaría en sacar del bolsillo su cámara o teléfono. El sueño de llevar una cámara en los ojos y poder registrar cada momento vivido se hace realidad. Para ilustrar esta idea, un vídeo promocional muestra una serie de escenas grabadas en primera persona en las que se ven situaciones cotidianas, como jugar con el perro o los niños en el parque, y otras no tan cotidianas, como hacer acrobacias en una avioneta, patinaje artístico, paracaidismo, esculpir una cabeza de tigre en un bloque de hielo, desfilar por una pasarela o tomar fideos en una barca en Tailandia. En esta primera presentación ya se perfila el uso de Glass principalmente como una cámara que permite compartir con los demás los momentos más emocionantes de la propia vida, algo que ya viene siendo una función principal de los smartphones en las redes sociales. Glass también permite acceder a información de manera inmediata, mostrando un mapa en Google Maps o facilitando una traducción gracias a Google Translate y una voz de síntesis, pero estas funciones quedan en segundo plano ante la espectacularidad de las imágenes y el recurrente uso de la función “compartir.” Estos usuarios no parecen estar aislados en sus teléfonos y sin duda tienen las manos libres para ejecutar todo tipo de acrobacias, pero lo que no muestran los vídeos es lo que ven las personas que les rodean: alguien que lleva una cámara permanentemente ligada a su ojo derecho.

Un mes antes de esta presentación, Google había lanzado una campaña en la que ofrecía a desarrolladores de software y usuarios potenciales la adquisición de unas gafas por $1.5oo, a fin de explorar sus posibles usos. A estos primeros usuarios, 8.000 en total, los denominaron “Glass Explorers.” Entre 2013 y 2014, Glass encontró numerosas aplicaciones de gran utilidad, ya sea para facilitar a los médicos el historial de un paciente durante las visitas en hospitales, ayudar a madres primerizas a consultar información acerca de la lactancia mientras dan el pecho a sus hijos, permitir a estudiantes de medicina seguir una operación de cirugía, detectar la presencia de cazadores furtivos en una reserva natural o ayudar a periodistas en la realización de sus reportajes. Con todo, el dispositivo también se dio a conocer como un posible artilugio de uso cotidiano, al que en un principio sólo podían acceder unos pocos. Algunos usuarios emplearon Glass como un símbolo de estatus (de manera similar al efecto que produjeron los primeros teléfonos móviles) y pronto se popularizó el término “glasshole” para referirse a estas personas que llevaban las gafas de Google y podían estar grabando lo que veían en cualquier momento. Este último aspecto, además de otros fallos de seguridad del dispositivo, atrajo numerosas críticas y despertó inquietud acerca de la continua violación de la privacidad que supondría el uso a gran escala de Glass. Ante la presión de la mala prensa y las acciones legales que se empezaban a emprender para limitar el uso de Glass, Google decidió dejar de producir las gafas en enero de 2015.

En los últimos dos años, Glass ha seguido siendo desarrollado por X, empresa hermana de Google, en una “edición para empresas”: Glass Entreprise Edition. El pasado 18 de junio, Jay Kothari, director del proyecto, anunciaba “un nuevo capítulo para Glass,” que consiste en redirigir el producto exclusivamente a su uso en el contexto de las empresas, principalmente en los ámbitos de sanidad, logística y producción industrial. Según indica Kothari, en estos años han trabajado con más de 30 expertos de diferentes industrias para adaptar las funciones de Glass a las necesidades específicas de una serie de trabajadores que deben consultar información en todo momento mientras atienden a personas, se desplazan o trabajan con sus manos. Con una mayor autonomía y peso más reducido, el dispositivo se distribuye actualmente a través de una serie de colaboradores que han desarrollado software específico para cada uso e incluso distribuyen modelos de Glass adaptados a cada función. Así, por ejemplo, la empresa AugMedix facilita un dispositivo destinado a médicos, que les ayuda a consultar los historiales de sus pacientes y registrar las visitas a fin poder atenderles con mayor efectividad y sin dejar de mantener el contacto visual. Otras empresas se especializan en facilitar a trabajadores de una fábrica el acceso inmediato a manuales y documentos de referencia, o bien han desarrollado un software que permite a los empleados de un almacén de distribución encontrar de manera más rápida y eficiente un determinado paquete.

En suma, la historia de Glass demuestra que no se debe asumir que un nuevo dispositivo tiene que destinarse al gran público, sino que puede ser más útil en un entorno específico como es el de una fábrica, un almacén o por colectivos con funciones concretas como son los militares o la policía. Brin presentó Glass como la evolución del smartphone, pero no tuvo en cuenta que los teléfonos móviles han necesitado un par de décadas para integrarse en la vida cotidiana y dar con una serie de normas sociales relativas a su uso, que no obstante siguen teniendo que recordarse en cines y teatros. La cámara integrada, que ha sido uno de los principales problemas de Glass en el espacio público, deja de serlo en el contexto de la empresa, donde su uso se ve acotado a unas funciones y lugares concretos, y las propias limitaciones del software evitan que se pueda emplear de forma fraudulenta. Con todo, la posible violación de la privacidad que planteaba Glass tal vez resultó más notoria por irrumpir en un momento en que la proliferación de cámaras y la cultura del selfie no se habían dado con la intensidad de los últimos tres años. Prueba de ello es el lanzamiento, a finales de 2016, de Spectacles, unas gafas de sol con cámara integrada desarrolladas por los creadores de la red social Snapchat y destinadas principalmente a un público joven. Estas gafas permiten tomar fotos y vídeos y compartirlos en redes sociales de forma similar a cómo proponía Glass, si bien en este caso, al tratarse de gafas de sol, están pensadas para captar actividades en espacios públicos y disponen de un vistoso indicador luminoso que indica el momento en que el usuario está grabando un vídeo o tomando una fotografía. Las gafas Spectacles se han empezado a vender en febrero de 2017 en Estados Unidos y desde este verano en Europa, por lo cual queda por ver si generarán la misma polémica que afectó a Glass en su momento. El producto de Snapchat posiblemente haya eliminado la posibilidad de que Glass tenga un futuro fuera del recinto industrial, o tal vez facilite que una nueva generación crezca habituada a llevar una cámara en las gafas y esto lleve a un tercer capítulo para Glass.

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