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Cortex, una interfaz gráfica para la Inteligencia Artificial

A lo largo de la última década, la irrupción y popularización de los lenguajes y entornos de programación visual han supuesto una auténtica revolución en la creación y ejecución de contenidos y performances audiovisuales, así como la creación de instalaciones multimedia e interactivas, tanto en el ámbito del arte, diseño y arquitectura como en el entretenimiento y la publicidad. Entornos como Processing, OpenFrameworks, Max/MSP o PureData, entre muchos otros, facilitan a artistas y diseñadores que no están habituados a trabajar con código las herramientas para programar de una manera ágil, intuitiva, y con una comprobación inmediata de los resultados. Esta mayor agilidad y accesibilidad al trabajo con código ha dado una gran libertad a los creadores a la hora de imaginar qué quieren hacer, pudiendo elaborar programas específicos a sus intenciones y necesidades en lugar de adaptarse a lo que les ofrecía el software propietario.

Al igual que lo ha sido la programación, la siguiente barrera con la que se encuentran los diseñadores es la complejidad de los algoritmos de Inteligencia Artificial: si bien se habla mucho de la IA y constantemente se anuncian nuevas formas de implementarla en productos y servicios, lo cierto es que muy complejo entender cómo funciona y más aún crear un modelo que se adapte a los requisitos de un determinado proyecto. A fin de ampliar el alcance de la IA y su uso en todo tipo de aplicaciones, es preciso que no sólo los expertos en computación sino cualquier profesional pueda trabajar con sistemas de aprendizaje automático. Para ello, la empresa Cognitive Scale ha desarrollado un software de “Inteligencia Aumentada” que “emula y extiende la función cognitiva de los humanos emparejando personas y máquinas.” Se trata, por tanto, de facilitar al usuario la posibilidad de crear sistemas que aprenden y se adaptan en función de datos obtenidos en tiempo real, reaccionando a condiciones cambiantes y eventos. Entre las posibles aplicaciones de la IA están la personalización de la experiencia del usuario en plataformas de comercio electrónico, el seguimiento y predicción de la evolución de la condición de un paciente hospitalizado, el análisis bursátil y un largo etcétera. Cognitive Scale promete, además, un método de formación e implementación que permite a las empresas “configurar y visualizar su primer sistema de IA en 10 días, ponerlo en funcionamiento en 10 semanas y recuperar la inversión en 10 meses.”

 

El producto principal de Cognitive Scale es la plataforma Cortex, un software pensado para simplificar el diseño, desarrollo y mantenimiento de sistemas de IA. Cortex permite aplicar esta tecnología para personalizar perfiles de usuario, pudiendo así crear experiencias individualizadas; generar informes de manera comprensible para las personas; coordinar diversos programas para automatizar procesos que requerirían la participación de un humano pero resultarían tediosas; aprender continuamente a partir de datos obtenidos en tiempo real; construir a partir de librerías de datos pre-seleccionadas y finalmente controlar todo el proceso llevado a cabo por el sistema de IA. La plataforma también cuenta con un mercado interno (una especie de App Store) en la que es posible adquirir modelos ya desarrollados, paquetes de datos específicos, algoritmos y servicios profesionales. Dirigido a las empresas, Cortex es una solución para un sector específico que busca establecerse como el software de referencia.

Para ser realmente un software de uso generalizado, aunque sea dentro de un sector especializado, y convertirse en lo que Katharine Schwab describe como “el Javascript para la IA,” Cortex debe facilitar una interfaz de usuario fácil de emplear y entender, que se adapte a su vez a los diferentes usos que permite el software. El diseño de la interfaz ha sido realizado por Argodesign, se centra en una estructura de panel de abeja en la que el usuario coloca una serie de “habilidades” (skills) de IA que pueden combinarse para crear un sistema ajustado a los requisitos de cada proyecto. De esta manera, se traslada a un entorno visual lo que requeriría numerosas líneas de código, de la misma manera en que lo han hecho los programas WYSIWYG a lo largo de las últimas décadas. El software permite por tanto que no sea necesario contar con un experto en IA para aplicar un sistema inteligente en cualquier proyecto. Esta conversión no fue sencilla, puesto que al equipo de Argodesign le resultó muy difícil entender el funcionamiento de los algoritmos de IA al nivel requerido para desarrollar una interfaz que simplifique esta tarea a otros diseñadores. Según afirma Mark Rolston, fundador de Argodesign, la experiencia fue similar a la que supuso crear la primera interfaz gráfica de usuario en los años ochenta, dado que se trata de crear algo para lo que no hay un precedente, y por tanto “no hay una única manera de hacerlo.”

La interfaz creada para Cortex se basa en dos elementos principales: skill (habilidad) y agent (agente). Los skills son paquetes de software con una única función que pueden emplearse en diferentes partes del sistema y duplicarse tanto como sea necesario. Los agents son modelos más complejos que integran diversos skills y pueden ejecutar tareas de forma autónoma, tales como procesar gestiones administrativas por medio del análisis de texto de los documentos facilitados. En la interfaz los skills se muestran como burbujas que pueden colocarse en una estructura de panal de abeja, a fin de facilitar su distribución de la manera que resulte más lógica al usuario. Unas líneas representan el flujo de datos que entra en cada skill y es procesado por el sistema. En conjunto, Cortex está pensado para ser muy accesible para diseñadores, de manera que podría popularizar el uso de sistemas de IA en todo tipo de productos y soluciones para empresas. Con todo, esto también plantea riesgos puesto que aún no se conocen todas las implicaciones que pueda tener el uso de sistemas de Inteligencia Artificial, tanto en relación a la posibilidad de reemplazar a humanos de numerosas tareas como a los peligros potenciales de confiar a un conjunto de algoritmos decisiones que requieren el razonamiento de una persona. En cualquier caso, resulta obvio que actualmente las empresas trabajan con una cantidad creciente de datos y tienen la posibilidad de obtener y procesar cada vez más datos acerca de sus clientes, el mercado y su propio funcionamiento interno, por lo cual, como afirma Rolston, es preciso que los diseñadores también sepan trabajar con estos flujos de datos.

 

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