Éxito y fracaso de los dispositivos modulares

google-ara

Mientras Apple lanza su esperado iPhone 7, el mercado de los dispositivos digitales parece seguir atado al ciclo de obsolescencia programada, que lleva a los consumidores a ansiar la nueva versión de un producto que poseen, cargado de nuevas funciones, mientras se disponen a deshacerse del modelo anterior, en ocasiones con sólo uno o dos años de uso (con nefastas consecuencias para el medio ambiente). Este ciclo se ve alimentado por lo que Don Norman denomina featuritisla tendencia a añadir cada vez más funciones a los dispositivos, con la intención de incentivar su compra pero también haciendo más compleja su utilización. Las nuevas funciones periódicamente requieren no sólo una actualización del software, si no también del hardware, lo que conduce a la necesidad de adquirir un nuevo dispositivo y rechazar el antiguo, puesto que ya no puede ofrecer las mismas ventajas. A esto se suma la creciente versatilidad del propio dispositivo: un smartphone ya no sólo el un teléfono, sino que también es una agenda personal, una cámara de fotos y vídeo, un ordenador personal, una consola de videojuegos, un reproductor multimedia, un equipo de música y muchas cosas más. Con todo, la necesidad de constantes actualizaciones y nuevos usos no debería simplemente forzar a los usuarios a adquirir nuevas versiones de los mismos dispositivos, sino que estos podrían adaptarse por medio de elementos modulares a las necesidades de cada persona y a las innovaciones que lanza periódicamente el fabricante.

La idea de crear dispositivos modulares no es nueva y viene generando expectación desde hace unos años, particularmente en relación al Proyecto Ara de Google, un smartphone compuesto por una estructura que permite incorporar diferentes accesorios en función de los gustos y necesidades del usuario. Hace un año, David Pierce anunciaba en un artículo de la revista WIRED la llegada de “la era de los dispositivos modulares” en relación al futuro lanzamiento de Ara, que Google estaba desarrollando a partir del proyecto Phonebloks, un concepto creado por el diseñador Dave Hakkens en 2013, en el que participaba la empresa Motorola. Google ha mantenido el interés de consumidores, desarrolladores y empresas hasta hace unos días, cuando anunció que el Proyecto Ara quedaba oficialmente en suspenso. El súbito abandono del proyecto (hace tan sólo unas semanas, Google anunciaba la última edición de su teléfono modular, con vídeos promocionales como el que puede verse sobre estas líneas) supone un sonado fracaso para el concepto de los dispositivos modulares. Según argumentan algunos análisis, el desarrollo del Proyecto Ara no era rentable puesto que supone una transformación radical del concepto del smartphone y plantea numerosos problemas a nivel técnico. También, como comentaba el popular Youtuber Marques Brownlee en un vídeo sobre la última actualización de Ara publicado en junio, no todo el mundo quiere un dispositivo hecho de piezas, y la mayoría de los usuarios sólo quiere poder cambiar o añadir algunos elementos concretos como son la memoria y la batería.

Mientras Google cierra su Proyecto Ara, Motorola se encuentra en pleno lanzamiento de su smartphone Moto Z, un dispositivo modular que se anunció a principios de verano y está incorporando actualmente nuevos accesorios creados en colaboración con grandes marcas. El Moto Z es un smartphone modular (o “semi-modular” como apuntaría Brownlee) extremadamente delgado, que cuenta con la posibilidad de ampliar sus funciones por medio de diferentes accesorios que se ensamblan (por medio de potentes imanes) a su parte posterior. Hasta el momento, el teléfono cuenta con un altavoz de la marca JBL, un diminuto proyector, una batería que añade 22 horas de autonomía y una cámara con zoom óptico desarrollada por Hasselblad, además de una colección de carcasas. Por medio de estos complementos, el teléfono puede convertirse en diferentes dispositivos, maximizando en cada caso una función concreta, ya sea como cámara, altavoz o proyector. El Moto Z es más bien un smartphone con complementos, pero su diseño conduce a varias reflexiones acerca de las posibilidades reales del diseño y comercialización de los dispositivos modulares:

  • En primer lugar, los elementos clave del dispositivo (procesador, memoria, pantalla) se han mantenido unidos, de manera que el aparato en sí no requiere de ninguna otra pieza para su funcionamiento. Esto es un requisito importante, puesto que depender de un elemento independiente (como puede ser una memoria o incluso la batería principal) puede poner el peligro el correcto funcionamiento del dispositivo si se producen incompatibilidades o bien la pieza se coloca de forma errónea o se pierde.
  • En segundo lugar, cada complemento es una única pieza que se conecta al smartphone y le añade una función concreta. En realidad, se conectan dos dispositivos independientes que tienen la particularidad de encajar el uno con el otro y fijarse con imanes. Cada complemento se ha fabricado, además, en colaboración con otra marca, que le da un valor añadido, puesto que se percibe en sí mismo como un producto de calidad.
  • Los complementos no permiten combinaciones complejas como las que permitirían los módulos de Ara, por tanto se reduce la posibilidad de incompatibilidades. No es posible conectar el proyector y el altavoz a la vez, cada módulo hace una única función.
  • Por último, la unión de dos piezas sólidas da un producto con un aspecto igualmente estable. De hecho, parece que el teléfono sea de una sola pieza (algo más gruesa) cuando tiene pegado un altavoz o un proyector en la espalda. El complemento de Hasselblad incluso invierte la relación al convertir el teléfono en una cámara digital. Esta apariencia es importante, puesto que un dispositivo hecho de numerosas piezas da la impresión de estar a punto de romperse en pedazos.

La comparación entre el fallido Proyecto Ara y los complementos del Moto Z conduce a pensar que los dispositivos que empleamos a diario nunca serán más modulares que la propuesta de Motorola. Los usuarios no quieren gadgets hechos con numerosas piezas, aunque a la vez quieren ser capaces de hacer cada vez más cosas con ellos. Hasta ahora, la solución la han proporcionado los miles de accesorios que, con mayor o menor acierto, se combinan con el smartphone o la tablet y le añaden nuevas o mejoradas funciones (por ejemplo, altavoces bluetooth, baterías externas, teclados, etc.). La única diferencia que aporta el Moto Z como dispositivo modular es la capacidad de pegarse al accesorio y reconocerlo de inmediato. Tal vez eso es todo lo que quieren los usuarios.