Interfaces cotidianas: ojos aumentados

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Recientemente, se ha publicado una patente registrada en Corea del Sur por Samsung que indica que la empresa está trabajando en el desarrollo de lentes de contacto inteligentes. Según se describe en la patente, la lente estaría equipada con una diminuta pantalla, una cámara, una antena y diversos sensores que detectan el movimiento del ojo y el parpadeo. La pantalla proyecta imágenes directamente en el ojo del usuario y su contenido es controlado por medio de un dispositivo externo, por ejemplo un smartphone o una tablet. El motivo para desarrollar estas lentes de contacto es tanto la (supuesta) comodidad de llevarlas en lugar de usar unas gafas como la posibilidad de lograr una mayor calidad de imagen y generar una experiencia de realidad virtual más natural. Tanto Samsung como Google llevan ya unos años trabajando en lentes de contacto como estas (la patente es de 2014), aunque de momento se trata más de un concepto que un producto que pueda comercializarse en breve.

La lente de contacto inteligente es la progresión lógica de la interfaz del ordenador, que va del monitor de escritorio a la pantalla del dispositivo móvil, wearables como los relojes inteligentes, gafas y finalmente la superficie de la córnea. Aunque este último paso aún tardará en hacerse realidad, señala claramente la intención de dominar el campo visual del usuario para que no le sea preciso dirigir su mirada hacia la pantalla de un smartphone o tablet, sino que vea la información aparecer ante sus ojos. Este tipo de interfaz plantea dos cuestiones relevantes en la relación entre los usuarios y la información recibida o emitida: por una parte, al ocupar el campo visual se niega al usuario la posibilidad de elegir si quiere ver dicha información o no. Los dispositivos que nos rodean suelen reclamar nuestra atención por medio de señales acústicas o vibración, pero en última instancia es el usuario quien decide si atiende a esas alertas o no (si bien estamos cada vez más condicionados a hacerlo). Una alerta que aparece directamente ante los ojos no puede ser evitada, lo cual genera un riesgo de verse sometido a un exceso de información y un continuo esfuerzo del ojo (que debe adaptarse a la lectura de los mensajes o contenidos proyectados junto a la percepción del entorno), lo cual puede conllevar un considerable stress psicológico y problemas de visión. La segunda cuestión a considerar es lo que el usuario emite: la lentilla patentada por Samsung cuenta con una cámara que posiblemente tenga como finalidad poder captar fotos o vídeo, así como substituir la visión real del entorno por una visión aumentada, como hacen los dispositivos de RA. En este caso se plantea una posible y constante invasión de la privacidad, puesto que cualquier persona que lleve estas lentillas podría estar grabando lo que ve sin que lo sepan quienes le rodean. Ambas cuestiones conducen a pensar en diversos escenarios distópicos, como el que se propone en un capítulo de la serie de TV Black Mirror en el que se nos muestra una sociedad en la que todas las personas tienen un implante de realidad aumentada, lo cual permite modificar la visión de una persona o la manera en que un individuo es visto por los demás.

Sin adentrarnos más en la ciencia ficción, cabe tener en cuenta que hasta ahora la integración de un dispositivo de Realidad Aumentada a nivel de los ojos ha tenido un controvertido desarrollo en el dispositivo Google Glass. Google llevaba unos años desarrollando un prototipo de visor de RA que pudiese llevarse como un par de gafas. En abril de 2012 anunció el futuro lanzamiento de su producto, mostrando cómo se podían grabar vídeos, y en 2013 empezó a comercializar entre los desarrolladores de software de EE.UU. una versión inicial (Explorer Edition) con el fin de dar a conocer el dispositivo y explorar sus posibilidades en el mercado. Google Glass se presentaba entonces en su forma definitiva, como una montura de gafas (se desarrollaron varios modelos en colaboración con Luxottica, empresa propietaria de firmas como Ray-Ban o Oakley) a la que se había adherido un pequeño dispositivo con un panel táctil, cámara y una pantalla LED. Los problemas antes descritos fueron rápidamente señalados por la prensa y diversos investigadores, quienes señalaron que Google Glass violaba la intimidad de las personas al facilitar que sean grabadas sin su consentimiento y también que podía causar peligrosas distracciones en determinadas situaciones como por ejemplo durante la conducción. El producto se fue rodeando así de una polémica cada vez mayor, hasta el punto en que los (escasos) usuarios de Google Glass eran mal vistos. En enero de 2015, Google decidió finalizar la fase beta de Google Glass y dejar de promover el producto, que de momento no va a comercializarse.

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La historia de Google Glass señala los límites y los retos de una interfaz que se integra con la propia visión del usuario. Si bien en ámbitos específicos (aeronáutica, ejército, medicina, ingeniería), el uso de dispositivos similares es común, se limita a unas actividades concretas que no forman parte de la vida cotidiana. Insertar una pantalla y una cámara ante los ojos en todo momento plantea nuevas cuestiones que aún no se han asumido en la sociedad, y tal vez hagan muy difícil o imposible que se acepte un dispositivo como Glass. De momento, según parece indicar la patente de Samsung, la solución apunta hacia la invisibilidad del propio dispositivo.